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Tras la catástrofe que vivió nuestro país, todos los ojos han estado puestos en la descoordinación de dos servicios dependientes del gobierno, el SHOA y la ONEMI. Sin embargo, pocos se han asomado a ver las consecuencias que ésta tendrá en el gobierno de Piñera.
Los días anteriores al terremoto, parecía que el Presidente electo estaba buscando una excusa para graduar el cumplimiento de sus promesas de campaña. Dijo que “por legítimas y justas que sean, no todas (las demandas ciudadanas) podrán ser satisfechas” (El Mostrador), debido al déficit fiscal que le había dejado Bachelet (La Nación). Sin embargo, tras la terrible catástrofe ocurrida en el país, ya no tendrá que inventar excusas; obviamente deberá cambiar su agenda económica.
El último presidente de derecha, Jorge Alessandri, también tuvo que reformar su plan de gobierno por el terremoto de 1960 (Miami Herald). Sin embargo, la derecha chilena de los sesentas aún no caía en las redes del neoliberalismo friedmanita. Distinto fue para el terremoto de 1985; tras la catástrofe, el Chicago Boy Hernán Büchi tomó todo el poder económico, e implementó medidas que terminaron de raíz con el proteccionismo estatal (Simenon).
Hoy, Piñera tiene las condiciones necesarias para dar un nuevo golpe neoliberal, o como diría Naomi Klein, para inducir a Chile a La doctrina del shock; de hecho, algunos ya le están dando pautas para implementarla (Blog de la República). Podríamos decir entonces que se viene “el saqueo” empresarial a Chile.
La reciente incorporación de Ravinet al gabinete del Presidente electo, Sebastián Piñera, provocó una fuerte crítica al interior de la Concertación, y más aún desde su propio (ahora ex) partido. Cuando comenzaron a surgir rumores sobre su designación como ministro, muchos esperábamos que fuese llevado al tribunal interno de la DC, en donde podría recibir una poco amistosa carta de expulsión. Sin embargo, él se adelantó a los hechos, renunciando tras 49 años de militancia.
Que todos hayamos vislumbrado la salida de Ravinet no es raro; estamos acostumbrados a la particular manera de hacer política en Chile. Porque en nuestro país llamar a gente de partidos de oposición no es una práctica esperable de un gobierno, como por ejemplo sucede en las naciones de “primer orden”. Sin ir más lejos, Obama dejó en el cargo de secretario de defensa al republicano Robert Gates, nombrado por Bush en 2006.
Otra costumbre política, que siempre vemos en las noticias internacionales, es la renuncia de los presidentes tras una derrota electoral de su partido o coalición. Yo no tengo memoria reciente de que eso haya sucedido en Chile (y si me equivoco, deben ser casos excepcionales), siendo un ejemplo de ello lo sucedido este año dentro de la Concertación, en donde Escalona fue el más reacio a asumir responsabilidades por el triunfo de Piñera.
Diagnóstico: aún no adquirimos esa madurez cívica que tanto pregonan los políticos profesionales. Otro indicio más de que continuamos en una eterna transición.
Si uso Twitter es porque me encanta la inmediatez de las informaciones, casi siempre adelantándose a lo que aparece en la prensa escrita. Pero cuando ciertas personas maliciosas ocupan este medio para esparcir informaciones falsas en forma deliberada, engañando a usuarios, o por último acaparando su atención (ya que muchos esperamos siempre que un medio “confirme” las noticias), es totalmente inaceptable.
Y la cosa se agrava cuando hay periodistas entrometidos en la cuestión. ¿Acaso olvidaron la ética que aprendieron en la universidad? ¿No es su deber informar en vez de desinformar?. Yo creía que las cortinas de humo que levantaban los periodistas habían quedado en las portadas de los diarios de la dictadura, cuando tapaban los asesinatos y detenciones que efectuaba el ejército. Pero ahora, cuando los medios se supone (ojo, se supone) son neutrales, o por lo menos serios, ¿qué objeto tiene que hagan este tipo de jugarretas dignas de escuela básica?
Seamos más responsables señores. Los medios de comunicación son poderosos, la gente toma sus decisiones frente a lo que lee en internet, ve en la TV o escucha en la radio. Una mala información puede tener consecuencias nefastas. Tal vez ahora fue sólo el rumor de la muerte de un longevo ex Presidente, pero mañana puede ser otra cosa más grave.
La credibilidad es difícil ganarla, pero muy fácil perderla. Y eso lo sabe hasta un niño chico, gracias a la clásica fábula de “Pedrito y el lobo”. Hoy actualizada a “Twitter y el lobo”.
Si hay una palabra que durante este 2010 trataré de borrar de mi vocabulario es “cambio”, ya que en el último tiempo ha sido más que prostituida en nuestro país. Mucho más que “progresismo”. Y ambas reflejan cosas opuestas: una significa seguir progresando, avanzar, mejorar lo hecho. La otra quiere decir “partir de cero”, “borrón y cuenta nueva”.
Desde 1999, con los “vientos de cambio” que prometía la candidatura de Lavín, la derecha ha enarbolado el “cambio” como su bandera de lucha. Tanto ha sido el impacto de este concepto en la masa electoral que incluso otros sectores se han colgado de esta palabra, como el díscolo Marco Enríquez-Ominami. ¿Pero será la derecha en La Moneda un real cambio?
En mi opinión, y en la de muchos otros, es dudoso que sea así. Piñera promete, en primer lugar, “mantener las políticas sociales de Bachelet”, lo que está obligado a cumplir, pues sino estaría justificando todos los temores que él mismo se preocupó de falsear en su campaña, y de paso perder la posibilidad de una elección favorable a la derecha en 2014. En segundo lugar, como lo afirmó el profesor Gabriel Salazar en una columna hace unos días, la derecha sólo vendrá a reforzar el neoliberalismo económico que predomina en Chile desde tiempos de Pinochet. Y en tercer lugar, poco cambio habrá en Chile si es que no se reforma la Constitución ni el sistema binominal, cosas que no están en los planes del nuevo gobierno.
Pocas esperanzas de cambio quedan en nuestro país; Piñera es continuidad.
Hace rato que se dejó de hablar de las farmacias, otros temas como el mundial de fútbol y las elecciones parecen haber reemplazado en la agenda noticiosa a los abusos que cometen las principales cadenas de Chile. Hoy el SERNAC está más preocupado, y con toda razón por cierto, de adornos navideños inflamables, juguetes rotulados en chino y bicicletas que pueden llegar a costar el doble en un lado que en otro, mientras las farmacias siguen con sus malas prácticas en silencio.
Acaba de pasarme a mí, que luego de ir al doctor por un pequeño resfrío, pasé a la Salcobrand de Av. Providencia con Almirante Pastene. Tenía que comprar Azitromicina, un remedio barato cuando es genérico ($2.000 como mucho), pero la vendedora me dijo que “no le quedaban”, y que “sólo” había uno de $15.000. Ahí pensé inmediatamente en los casos de comisión a vendedores, y decidí ir a otra farmacia; antes hubiese comprado el medicamento no más.
Luego de ir a una Cruz Verde, donde no estaba el remedio, tuve que volver a la Salcobrand, resignado a pagar los 15 mil pesos. Ahí me atendió Walter Escobar, a quien pasé la receta sin decir nada. Cuando veo, me traía el genérico, ¡y costaba sólo $1.020! No quise armar un escándalo, y sólo me remití a pedirle excusas al tipo, que no me dio una razón satisfactoria, diciendo que “habían llegado hace 2 horas”, cuando yo había estado ahí sólo 5 minutos atrás.
Como dice la canción de Charly García, las farmacias “nos siguen pegando abajo”; no se deje engañar.
Hoy cumplo dos años en Twitter. Sí eso sólo me importa a mí y a nadie más, es algo irrelevante. Pero indica que ya me hice un fanático de esta página, pues fui de menos a más. Primero hice la cuenta, tuve unos pocos followers, y la olvidé por meses. Luego la retomé, se convirtió en un boom, me fanaticé y hoy hasta invierto plata para tuitear en el celular, asisto a juntas con tuiteros, e incluso he formado amistades con gente que conocí en Twitter. ¿Y eso qué tiene?
Bueno, el problema surge cuando uno se da cuenta que la vida no es sólo internet, que uno tiene una serie de obligaciones más, en mi caso ser estudiante de Derecho, una carrera que te absorbe como todas, pero que te estresa como ninguna, y para más remate en una de las mejores escuelas del país –humildemente. De hecho, por eso he sido ingrato con Colapso!, ya que mi cerebro realmente “colapsa” y no me deja escribir nada como quisiera. No salgo de una prueba, para pensar en la siguiente.
¿Cómo solucionar esto? A estas alturas no puedo prescindir del Internet y de Twitter en específico, ha tornado parte de mí. Intenté hacer un “apagón digital” durante unos días en que tenía una prueba difícil, pero no pude. Todo se hace más entretenido en Twitter; la TV, los viajes, las esperas. Es inevitable no entrar a echar un vistazo al timeline.
En definitiva, no hay cura para esta adicción. Sólo me queda el consuelo que es una adicción sana, y que tiene sus utilidades: informarse en tiempo real, entretenerse y conocer gente.
Esta elección es rara. El surgimiento de Enríquez-Ominami como factor importante en las encuestas, y el desmembramiento de varios partidos de la Concertación, han generado nuevos referentes que vienen a cambiar el panorama con respecto al proceso electoral anterior.
Así, por ejemplo, vemos que los adherentes a ME-O se agruparon en la “Nueva Mayoría para Chile”, conformada por humanistas (antes del Juntos Podemos) y ecologistas. El pacto “Por un Chile Limpio”, que en la elección municipal conformaban el PRI, ChilePrimero (ahora con Piñera) y el Partido Ecologista, derivó en la coalición “Chile Limpio, Vota Feliz”, donde sólo se mantiene el PRI, sumándose el MÁS de Navarro y Fuerza País, el movimiento nortino de Soria.
Sin embargo, lo anterior corre sólo para la elección parlamentaria, pues en la elección presidencial el pacto “Chile Limpio, Vota Feliz” se desmembra; el PRI no tiene candidato, el MÁS apoya a Enríquez-Ominami, y Fuerza País se sumó a la candidatura de Frei.
Cabe destacar que estas nuevas coaliciones no pasan de ser electorales, es decir, son pactos de corte más bien utilitarista, ya que se generan con el fin de poder inscribir una lista nacional de partidos menores, y así poder concentrar una mayor cantidad de votos. Pero no mantienen un piso ideológico común, como sí ocurre con las coaliciones políticas.
¿Qué tan factible es que estos pactos representen un proyecto común, o definitivamente tienen fecha de vencimiento el 13 de diciembre? Sólo el tiempo lo dirá.