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El norte de Chile no sintió este terremoto. Pero en mi vida en este norte, donde vivo, dos terremotos he sufrido en carne propia: El 95 y el 2007. El primero, también en la madrugada, el otro a mediodía, en un día habil.
La madrugada probablemente sea la mejor hora para que ocurra una catástrofe así, ya que la mayoría de la gente se encuentra en casa durmiendo y los daños personales se minimizan. Pero a cambio, se debe sufrir toda una noche a oscuras, sin luz, sin agua, sin medios de comunicación y con constantes réplicas.
Lo peor ya pasó. Las replicas seguirán siendo intensas en ocasiones, pero ya no serán tan fuertes como el seísmo principal.
Ahora llegó el momento de unirnos como país. Este desastre ocurre a días de un cambio de gobierno para el que varios sectores se estaban preparando para no recibirlo amistosamente, sino con protestas y manifestaciones. Ya no es el momento de peleas y divisiones tontas. Es el momento de ayudar en lo que cada uno de nosotros podamos, y de unirnos todos para levantar nuestro país.
De cosas peores hemos salido adelante. El terremoto no nos ganará. Porque si lo hace, al dividirnos, al aprovecharnos de la situación, definitivamente estaremos jodidos.
Vamos Chile que se puede.
12 de Febrero de 1541. Pedro de Valdivia, conquistador español proveniente de Cuzco, tras un parlamento con los caciques picunches de la zona, decide fundar la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura (en honor al Apóstol Santiago, santo patrono de España), al costado del “Cerro Huelén” (luego llamado “Santa Lucía”). Este lugar sería lacapital de la nueva expansión del Reino Español en tierras americanas.
Pero los comienzos de la creciente capital no fueron sencillos. En septiembre de ese año, la ciudad fue arrasada por el cacique Michimalonco, ante una ausencia temporal de Valdivia. Posterior a ello, un terremoto y diversas inundaciones casi la borran del mapa, pero siguió férrea y firme, y rápidamente fue poblándose. Lentamente la ciudad fue reconstruída, y años más tarde, con el establecimiento de la Real Audiencia (1607), su rol de capital fue reforzándose.
Hoy, sin duda alguna, Santiago de Chile (SCL) es el centro neurálgico de nuestra patria. La mayoría de las cosas, decisiones y eventos de relevancia nacional tienen lugar aquí, lo que juega como peligrosa arma de doble filo, dándole carácter de importante metrópoli sudamericana, pero centralizando demasiado el poder en nuestro país.
Aún así, hoy 12 de Febrero de 2010, nuestra querida SCL cumple ya 469 años desde su fundación. Y desde Colapso! deseo un muy feliz cumpleaños a la ciudad que me alberga y me ha cobijado a lo largo de toda mi vida.
¡Feliz cumpleaños Santiago! ¡Que sean muchos más, y ojalá bien celebrados!
He visto gente que se queja de que no puede ver las letras cuando en realidad es que no saben leer. Pasa mucho con ancianos y ya soy capaz de reconocerlos. Sin embargo hay muchos otros que, sabiendo leer y teniendo buena vista, simplemente no leen o hacen caso omiso de lo que han leído.
De todos es conocido el hecho de que no estamos acostumbrados a leer los manuales de instrucciones y molestamos al sobrino de turno para preguntarle cómo se hace cierta cosa en su nuevo gadget. Incluso el gran Coco Legrand expuso la falta de lectura en el público asistente a un teatro, preguntando los precios de las entradas pese a tener la lista de precios en su nariz.
Como dependiente de un comercio, estas cosas me pasan a diario, sobre todo cuando cierro el local. Mientras nosotros estamos haciendo el cierre de las cajas, se amontona gente en las puertas y ventanas, golpeando y preguntando si los podemos atender. También me pasa cuando me toca el turno de urgencia, donde dejo un pequeño cartel que dice “Atención sólo con receta del servicio de urgencias”, y a las tantas de la madrugada llega alguien por pañales, cosméticos o sal de fruta.
Y luego nos quejamos de que no nos respetan. No somos capaces de respetar un simple cartelito que expone las reglas del juego, que siempre buscamos trato preferencial. La verdad no sé cómo no he golpeado gente a través de la ventanilla.
Por lo menos soy razonable cuando me piden preservativos…
Es sabido que el chileno es muy especial en muchos aspectos de la vida cotidiana. Que el vocabulario, que las costumbres y que deja todo para última hora, entre tantas otras cosas. Pero por lo que sí destaca, es por sus extrañas “ansias de cultura”, que algunas veces aparecen y otras ni luces de ellas.
Quiero ser cizañero. Pensemos en el caso del cierre de Santiago a Mil, protagonizado por la Pequeña Gigante y su Tío Escafandra. No es necesario decir toda la gente que estuvo a la siga de las mega-marionetas, pero ¿habrá ido tal cantidad de gente a los otros espectáculos que no eran gratuitos? ¿Se habrán llenado? ¿O la gente no iba porque eran muy caros?
La gente pide cultura, siempre lo dicen las encuestas, pero cuando está ahí, no la quiere ver. Cuando dan algún programa del estilo en TV, tiene menos rating que El Hormiguero, porque prefiere ver sangre o sexo en otro canal. Cuando llegan a Chile libros que han sido éxito afuera, el chileno va y lo compra… pirata, o se aguanta a que venga de regalo en algún diario.
Lanzo mis quejas en dos puntos:
- Somos mandados a hacer para pedir cosas, pero cuando las tenemos no las apreciamos. Si tenemos tanta diversidad de espectáculos, obras teatrales y ferias artesanales, ¿por qué no vamos a visitarlas? Te aseguro que sacas algo provechoso para la vida.
- ¿Por qué tiene que ser tan caras las actividades culturales? Eso desmotiva mucho el ir a verlas. Créanme que a veces se cobra en exceso, quizá quién sabe cuáles son los intereses para ello. Si los precios fueran razonables, otro gallo cantaría. Hasta mejor país seríamos.
Las ganas están, queremos culturizarnos. Eso sí, no olvidemos nunca: la cultura no es sólo un charango, una actuación o un monito de greda. Es eso y mucho más. Y todos nosotros, somos parte de ella. ¡Construyámosla juntos!
Por años, la gente discrimina a quienes fuman. Ya sea verbalmente o con gestos, dan a entender que esa persona no es de su agrado por el solo hecho de tener un cigarro encendido. Y da igual si estas sujetándole el cigarro a alguien, al final del día nadie te creerá.
“Fumar es de weones, por eso fumo” me dijo una vez mi padre, y tiene razón. A la larga el cigarro te provoca mal aliento, problemas al corazón, gasto excesivo de dinero y, lo más triste para algunos, difusión eréctil. A fin de cuentas, el que fuma es similar a aquel idiota que juega a “la ruleta rusa”: sabe que puede morir antes de tiempo, pero como es entretenido, continúa hasta que la pistola se dispara y no hay vuelta atrás. Así es el cigarro.
Quienes fumamos comprendemos que cada día, cada cigarro, es un minuto menos de vida que tenemos y que puede no ser muy útil hoy, pero mañana tal vez ese minuto perdido servirá para escuchar la primera palabra de tu nieto, la titulación de tu hijo, o cualquier momento irrepetible. A propósito estamos desechando tantos minutos que ya suman horas, horas que jamás sabremos que tan importantes pudieron ser para nosotros.
Hay días en que me pregunto ¿Por que sigo fumando sabiendo todo esto? Creo que cuando encuentre la respuesta, la pistola ya se habrá disparado. No fume, no sea imbécil como yo, que tal vez mañana por fin será un buen día y puede que no este para ver el amanecer.
Hace rato que se dejó de hablar de las farmacias, otros temas como el mundial de fútbol y las elecciones parecen haber reemplazado en la agenda noticiosa a los abusos que cometen las principales cadenas de Chile. Hoy el SERNAC está más preocupado, y con toda razón por cierto, de adornos navideños inflamables, juguetes rotulados en chino y bicicletas que pueden llegar a costar el doble en un lado que en otro, mientras las farmacias siguen con sus malas prácticas en silencio.
Acaba de pasarme a mí, que luego de ir al doctor por un pequeño resfrío, pasé a la Salcobrand de Av. Providencia con Almirante Pastene. Tenía que comprar Azitromicina, un remedio barato cuando es genérico ($2.000 como mucho), pero la vendedora me dijo que “no le quedaban”, y que “sólo” había uno de $15.000. Ahí pensé inmediatamente en los casos de comisión a vendedores, y decidí ir a otra farmacia; antes hubiese comprado el medicamento no más.
Luego de ir a una Cruz Verde, donde no estaba el remedio, tuve que volver a la Salcobrand, resignado a pagar los 15 mil pesos. Ahí me atendió Walter Escobar, a quien pasé la receta sin decir nada. Cuando veo, me traía el genérico, ¡y costaba sólo $1.020! No quise armar un escándalo, y sólo me remití a pedirle excusas al tipo, que no me dio una razón satisfactoria, diciendo que “habían llegado hace 2 horas”, cuando yo había estado ahí sólo 5 minutos atrás.
Como dice la canción de Charly García, las farmacias “nos siguen pegando abajo”; no se deje engañar.
Hoy cumplo dos años en Twitter. Sí eso sólo me importa a mí y a nadie más, es algo irrelevante. Pero indica que ya me hice un fanático de esta página, pues fui de menos a más. Primero hice la cuenta, tuve unos pocos followers, y la olvidé por meses. Luego la retomé, se convirtió en un boom, me fanaticé y hoy hasta invierto plata para tuitear en el celular, asisto a juntas con tuiteros, e incluso he formado amistades con gente que conocí en Twitter. ¿Y eso qué tiene?
Bueno, el problema surge cuando uno se da cuenta que la vida no es sólo internet, que uno tiene una serie de obligaciones más, en mi caso ser estudiante de Derecho, una carrera que te absorbe como todas, pero que te estresa como ninguna, y para más remate en una de las mejores escuelas del país –humildemente. De hecho, por eso he sido ingrato con Colapso!, ya que mi cerebro realmente “colapsa” y no me deja escribir nada como quisiera. No salgo de una prueba, para pensar en la siguiente.
¿Cómo solucionar esto? A estas alturas no puedo prescindir del Internet y de Twitter en específico, ha tornado parte de mí. Intenté hacer un “apagón digital” durante unos días en que tenía una prueba difícil, pero no pude. Todo se hace más entretenido en Twitter; la TV, los viajes, las esperas. Es inevitable no entrar a echar un vistazo al timeline.
En definitiva, no hay cura para esta adicción. Sólo me queda el consuelo que es una adicción sana, y que tiene sus utilidades: informarse en tiempo real, entretenerse y conocer gente.