¿Aún así, necesitas una explicación en más palabras? Revisa el artículo de presentación
Recuerdo una visita que hice a Santiago por unos días con mi familia cuando tenía 13 años. Fuimos al MIM. Para llegar a él, nos fuimos en Metro, por la Línea 1 y la Línea 5. Qué lindos tiempos… las estaciones despejadas, poca gente en él… e incluso, te podías ir sentado en los vagones. El siempre llamado orgullo de la capital.
Seis años después vuelvo a encontrármelo. Y vaya que ha cambiado, por Dios. Desde el año pasado, debido a mis estudios universitarios, que he tenido que usarlo por todas las líneas y combinaciones. Y en verdad: es un caos.
Todo esto debido al Transantiago, al cual la gente le tomó miedo por la poca frecuencia que tenía en sus inicios, y quiso irse a la segura en el transporte bajo tierra. Es increíble ver cómo, los que antes eran espacios vacíos, ahora están sobrepoblados de personas. Aparte que en las mañanas ahí adentro hace un calor insoportable, peor aún en la tarde que viene adjunto con diversas fragancias laborales.
El otro día venía llegando un carro vacío a Los Héroes. De igual forma, toda la gente métale esfuerzo para entrar, dejando atrás a una anciana con bastón, que no pudo subir. Y más encima, un hombre gritó “¡No empujen!”, a lo que una joven le responde “Ridículo”. Ahí yo quedé impactado. ¿Cómo tanto? ¿Síndrome Santiaguino? ¿Dónde queda el respeto, el compartir el Metro cuadrado?
Con hechos como ese, me largo a pensar y saco mis conclusiones. Y es que, pese a que se han tomado medidas, el Metro esta lejos de ser lo cómodo que era antes. Porque por mucho ventilador, trenes extras, servicios expresos y extensiones de horario que pongan, hay algo que todavía falta para mejorarlo: que nosotros mismos sepamos usarlo. Que tú y yo, que sabemos que andar en metro no es un paraíso, pongamos un granito de arena para que sea algo mejor.
A todos en algún minuto nos tocó enfrentarnos a las leyes de la física en el colegio o en nuestra formación académica. A todos nos tocó ver el tema de la inercia, la energía, las fuerzas y demases. Pero yo creo que ni el eximio Einstein se habría esperado lo que nos encontramos día a día en el plan maestro de gobierno: el Transantiago.
Y es que en realidad, el poder de los frenos que tienen las modernas micros que componen las flotas que recorren nuestras calles es simplemente impresionante. Sin ir más lejos, un ciudadano común y corriente bien podría tornarse un fisicoculturista amateur tan solo con la fuerza utilizada para aferrarse a los sostenedores, así como la firmeza de piernas para no salir despedido por una ventana (o a través del transporte en si) en cada freno, curva u otros. Hasta las frenadas más cortitas descolocan a cualquiera y bien podrían traer una luxación con ellas (si no las han traído ya). Lo “simpático” es que los choferes son conscientes de ello, pero –aún así- le sacan el jugo a su herramienta técnica, en desmedro de los usuarios que cotidianamente dependen de sus habilidades al volante.
Personalmente, no me gusta mucho eso. Eso de sentir como si me subiera a la Matrix al tratar de afirmarme porque en una frenada se pone todo cámara lenta al tratar de alcanzar los fierros de soporte. Ni las amarillas fueron así, ¿por qué estas si?
¿Quién dijo que “Fantasilandia” era la diversión total? ¡Si tenemos Tagadás con ruedas!